Después de este paréntesis navideño -breve para algunos/as- nos volvemos a encontrar en este nuestro rincón virtual, ¡eso sí!, con un frío de mil demonios, energías renovadas y estrenando todo lo que Sus Majestades de Oriente han tenido a bien traernos. No obstante, todavía no se nos ha puesto en hora el reloj biológico, pues las clases a primera hora de la madrugada todavía se han hecho duras para ciertas personas. Tranquilos, a mí el primero y la legaña era bastante reacia a desprenderse del párpado. Con todo, ya veréis como esta semana se hacen menos pedregosas y duras.
Durante estos días hemos estado hablando de una de las obras cumbres de la literatura castellana, La Celestina, a mitad de camino entre una novela y una obra de teatro, pero que por sus 21 actos es casi imposible de representar íntegramente por lo que realmente se escribió para ser leída.
Los tres temas de la obra de Fernando de Rojas, su autor, son universales, esto es, se han tratado desde la Antigüedad hasta nuestros días, por lo que aún siguen vigentes: 1) el amor, 2) la muerte y 3) la codicia.
1) El amor
El amor es una pasión incontenible con un fuerte deseo sexual (loco amor), es decir, que todo el día están pensando en tener esos fabulosos y sensacionales encuentros erótico-festivos-sexuales. Sin poder evitarlo me viene a la mente lo que alguno de vuestros compañeros diría de una manera mucho más fina y delicada.
De hecho, Melibea cae rendida a los atributos, ¡perdón!, "encantos" de Calisto y le entrega su bien más preciado: su virginidad.
CALISTO.- Oh angélica imagen, oh preciosa perla, ante quien el mundo es feo. Oh mi señora y mi gloria, en mis brazos te tengo y no lo creo. Hay en mi persona tanta emoción que me impide sentir todo el gozo que poseo.
MELIBEA.- Señor mío, pues me fíe de ti, pues quise cumplir tu voluntad, no sea de peor condición, por ser amable, que si hubiera sido esquiva y sin misericordia; no quieras perderme en tan breve placer y en tan poco espacio. Que las cosas mal hechas, después de cometidas, son difíciles de arreglar. Goza de lo que yo gozo, que es ver y acercarme a tu persona; no pidas ni tomes aquello que, una vez tomado, no podrás devolver. Guárdate señor, de dañar lo que con todos los tesoros del mundo no se restaura.
CALISTO.- Señora, pues por conseguir este favor toda mi vida he gastado, ¿cómo podría, cuando me la dan, desecharla? Ni tú, señora, me lo mandes, ni yo podré hacerlo. No me pidas tal cobardía; no es propio hacer tal cosa de nadie que sea hombre, mayormente amando como yo, nadando por este fuego de tu deseo toda mi vida.
Observamos que Calisto arde de deseo y está como una moto, intentado persuadirla para que acceda al acto amoroso (¡menudo eufemismo!). Melibea, casta y pura, procura contener al fogoso Calisto. A pesar de sus intentos, éstos resultan vanos, pues como bien reza el refrán: "El hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla y sopla...". Del mismo modo, el Ministerio de Sanidad les recomendaría a los ardientes enamorados que visionaran el siguiente anuncio para que tomen buena cuenta del mismo, pues en situaciones comprometidas debemos pensar con la cabeza y no con otros órganos de nuestro cuerpo. No obstante, aunque en esta época ya se conocía el preservativo, Calisto y Melibea usarían probablemente el coitus interruptus o más conocido como marcha atrás.
MELIBEA.- ¡Oh mi vida y mi señor! ¿Cómo has querido que pierda el nombre y corona de virgen por tan breve deleite? ¡Oh pecadora de ti, mi madre, si de tal cosa fueses sabidora, cómo tomarías de grado tu muerte y me la darías a mí por fuerza! ¡Oh mi padre honrado, cómo he dañado tu fama y dado causa y lugar a quebrantar tu casa! ¡Oh traidora de mí! ¿Cómo no miré primero el gran yerro que se seguía de tu entrada, el gran peligro que esperaba?
A la pobre muchacha le vienen los remordimientos por el qué dirán y por su padres, pero son efímeros y vuelve a pecar con su amado unas cuantas veces más. No hemos de olvidar que hasta no hace mucho la virginidad de la mujer era muy importante y esencial, pues una chica permanecía virgen hasta que su himen fuera roto por el embate de un pene. Si se encontraba entero se le consideraba tradicionalmente como el signo más seguro y la “mejor evidencia ” de la virginidad. De hecho, todavía en algunas culturas y religiones es condición sine qua non (imprescindible) para acceder al matrimonio, lo que supone el buen nombre y honor de la familia. Con todo, las costumbres cambian y hoy en día, según las últimas estadísticas, la mayoría de jóvenes pierde su virginidad a partir de los 16 años, por lo que este tema ha pasado a mejor vida y está ya bastante trasnochado.
Asimismo, observamos el machismo imperante en esta época y que pervive en la nuestra, ya que al hombre nunca se le ha juzgado por su virginidad ni se le ha sometido a pruebas para determinar si la posee o no. Incluso estaba bien visto que el hombre se estrenara en su juventud con una meretriz, quien experta en las artes amatorias le enseñaba todos los encantos.
Por otro lado, también corren multitud de leyendas urbanas acerca de la pérdida de la virginidad, la mayoría infundadas y sin ceñirse a la realidad.
2) La muerte
En esta obra muere hasta el apuntador y ya no es un paso necesario para alcanzar la vida eterna como veíamos en la Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique (concepción medieval), pues los personajes se mueven guiados por el impulso del aprovecharla al máximo (carpe diem).

3) La codicia
Única y exclusivamente los personajes de las clases bajas y marginales (criados y prostitutas) actúan por conseguir dinero.
Sin lugar a dudas, el personaje que brilla con luz propia es el de Celestina, que da título a la obra y se lo robó a los dos protagonistas, pues recordemos que en su origen se denominó Tragicomedia de Calisto y Melibea. Esta "puta vieja", hechicera, alcahueta, maestra de hacer cosméticos y de reparar virgos tiene su precedente literario en el personaje de la Trotaconventos del Libro de Buen Amor. Sobrecoge por su inteligencia, astucia y malicia, lo que le lleva a manipular al resto de personajes a su antojo y en beneficio propio.
En cuanto a uno de los oficios de Celestina, el de reparar virgos (himenoplastia) todavía se sigue haciendo en nuestros días, aunque el relevo lo han tomado las clínicas de cirugía estética en el que por unos 3000 euros reconstruyen el himen (membrana que cubre el orificio externo de la vagina de las mujeres vírgenes). Aunque su función biológica es todavía desconocida, su función social era considerada un símbolo mitológico en muchas culturas y religiones. El "himen intocado", o "la cofia de doncella", se consideraba sello de garantía de la virtud y la pureza de las jóvenes.

En esta intervención quirúrgica se estrecha el conducto de entrada a la vagina y así, durante la primera relación sexual tras la himenoplastia, el pene tiene un impedimento fuerte (como si estuviera el himen).
Dejando estos temas, lo cuales más bien correponderían a Juan Carlos, el profe de Biología, pues no pretendo hacer intrusismo profesional ni tampoco es que sea excesivamente ducho en esta lides, os paso una foto que tan amablemente me ha remitido vuestra compañera Estefanía de un calendario, donde debajo de la fecha pone el nombre de los santos del día, habrá olvidado que los monosílabos NUNCA se acentúan, excepto el de la tilde diacrítica. Asimismo, la abreviatura de Óscar no es, ni mucho menos, O. Con razón dicen que la ignorancia es atrevida.
Y si de antropónimos (nombre propio de persona) seguimos hablando, divertidísima es la presentación que por gentileza de Estefa nos llega, donde más deuna carcajada aflora.
Me gusta comprobar que cada vez más alumnos/as utilizan palabras más elevadas y cultas en sus comentarios, en las que ponen un asterisco con el significado de la palabra (Ana Soriano fue quien sentó precedente). Me hace llorar de pura emoción que mis blogueros/as enriquezcan de esta forma su caudal léxico.
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