El pasado jueves, guiados por los profesores de Tecnología, Presen y David, nos adentramos en tierras manchegas para visitar el parque eólico de Higueruela, situado en la provincia de Albacete.Si don Quijote nos hubiese acompañado, al ir acercándonos a nuestro destino, donde los gigantes comenzaban a erguirse imponentes, habría exclamado: "Ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren doscientos cuarenta y cuatro o pocos más desaforados gigantes".Así pues, lo que antes eran molinos de viento para moler el trigo y convertirlo en harina, ahora son aerogeneradores para producir electricidad.
De hecho, estos aparatos han traído la prosperidad al pueblo de Higueruela, ya que pudimos comprobar cómo las casas de esta localidad parecían palacetes y no debemos olvidar que aquellos que en sus tierras poseen un aerogenerador reciben de la empresa 3 000 € anuales en concepto de alquiler.En España hay casi 10 000 aerogeneradores que producen 6 202 megavatios, lo equivalente para suministrar electricidad a 3,4 millones de hogares.A la llegada al Aula de la Energía nos dividimos en dos grupos, así mientras el grupo de Presen y un servidor nos quedamos en dicha aula, el grupo de Juan Carlos y David se desplazaron hasta la "Casa de los molinos", la subestación eléctrica donde se recoge la electricidad producida por los parques. Posteriorente, haríamos el recorrido inverso.
En el Aula pudimos conocer todos las clases de energía existentes en nuestro planeta: por un lado, hidráulica, biomasa, solar, eólica, geotérmica, mareomotriz (RENOVABLES) y por otro, fósil y nuclear (NO RENOVABLES), también de qué manera el Sol interviene directa o indirectamente en casi todas ellas.También nos explicaron las partes de un aerogenerador, el cual se compone de: un rotor que sustenta tres palas -no aspas- de 23 m de longitud, unidas en el buje, con una veleta y un anemómetro; después está la torre metálica (55 m), hueca de forma tronco-cónica, con tres tramos prefabricados. En su interior, entre otros elementos, tiene instalado una escalera de servicio para que suba el personal de manteniminto. En la cúspide va instalada una cabina giratoria (góndola) que en su interior alberga un generador.
Como ya viene siendo habitual en mí, hice unas cuantas preguntas, aunque algunos alumnos no se quedaron a la zaga y también expusieron sus dudas colmando la paciencia de la pobre María. Eso sí, a menos de 16 km/h y a más de 90 km/h los aerogeneradores no funcionan, ya que si sopla mucho viento puede suceder algo parecido a lo que se ve en este vídeo, cuando el automatismo de emergencia falla.Posteriormente, los/as alumnos/as realizaron un taller y construyeron un aerogenerador con galvanómetro. Soldaron, echaron cola, recortaron, lijaron, incordiaron... ¡Había que ver las hélices de alguno de ellos! Y como broche final pudimos montar en una bicicleta estática (¡¡¡con el manillar roto!!!), que convertía nuestro pedaleo en energía eléctrica, es decir, cuanto más pedaleabas más bombillas encendías, la máxima era 120 W. Algunos alumnos y un servidor pudimos
probarla (véase el vídeo) y Jonatan me dejó al borde de la extenuación manipulando el interruptor de las bombillitas y ahí estuve pedaleando como un cosaco, a tope, y no encendía nada más que una bombilla. Sin las buenas manos del gracioso de Jonatan conseguí fácilmente encender todas las bombillas. ¡Para algo me sirve ir todos los días en bici! A continuación nos dirigimos a la "Casa de los molinos" y el otro grupo bajó al Aula de la Energía. Allí pudimos ver con maquetas los diferentes tipos de energías: eólica, hidráulica, solar con paneles fotovoltaicos y térmica. También a Vicente escribiendo en la pizarra papuchi. ¡Aunque lo bueno estaba aún por llegar!
Todos juntos vimos una proyección sobre las energías renovables y como broche final nos desplazamos para ver in situ los gigantes. ¡Sobrecogían! ¡Lo digo por la altitud y por el frío de mil demonios! Cabría comentar que las torres está pintadas de azul celeste para que no haya tanto impacto visual y que por cada tres aerogeneradores mueren dos aves, la mayoría perdices. Además, se nos entregó un casco como medida de seguridad, pues a veces caen tornillos, arandelas, fragmentos de hielo, incluso piedras. Algún compañero preguntó no sé cuántas veces si podíamos quedarnos el casco como recuerdo de la visita. ¡Nooooooooooooo!
Hete aquí que nuestro estimado Vicente, mi hijo putativo, me fue a agrandar el casco (mi cabeza es de dimensiones considerables) y lo rompió. ¡Menudo estropicio armó! La chica diciéndome que me pusiera el casco, yo recogiendo las piezas del suelo y después, con una vergüenza increíble, dándole al chico las diferentes piezas del casco. ¡Menos mal que pudo arreglarlo! Quina vergonya, xicons! Durante la realización de la fotografía en grupo, hubo quien me dio algún que otro empujón para que me cayera, pero tranquilos, ¡arrieritos somos y en el camino nos encontraremos! ¡ARRIBA COMENTARIOS!